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11 de Julio de 2012

El miedo a no ser gracioso. Un nuevo temor acecha a la humanidad.

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Hace un tiempo me invitaron a participar como conferencista en Pecha Kucha. Para quienes no lo conocen, es un evento creado en Tokio en  2003 por KDA, y que hoy se realiza en más de 500 ciudades.

Es un espacio interdisciplinar donde oradores de diversas disciplinas exponen sus ideas y proyectos pero  se diferencia de otros eventos por su formato rápido de presentación basado en una simple idea: 20 imágenes x 20 segundos.


El día de la presentación me encontré con uno de los conferencistas y hablamos sobre la necesidad de encontrar un estilo propio para exponer. Ambos manifestamos algo así como: “yo no soy muy gracioso habitualmente, así que trataré de seguir mi estilo personal”


Al poco rato, cuando comienza el evento, uno de los primeros expositores empieza su presentación diciendo algo parecido.  “No tengo  muy claro por qué estoy invitado. Espero que les guste lo que les voy a contar. La verdad es que yo no soy muy gracioso”. (No recuerdo exactamente sus palabras, pero esta era la idea)

Me pregunté entonces qué nos está pasando.  ¿Acaso valemos por nuestro sentido del humor? ¿O nuestras ideas son mejores si logramos transmitirlas en tono jocoso? Seguramente no. Pero no cabe duda que de esta forma tendrán más reconocimiento popular. De hecho las exposiciones más recordadas y aplaudidas en los eventos suelen ser las que se parecen más a un show de stand up que a una conferencia. Y por supuesto, también sucedió en esa edición de Pecha Kucha, donde el cierre estuvo a cargo del Gran Gustaf, hablando sobre la idiosincracia de los uruguayos. (Lo recomiendo!)

 

No parece casual que esto ocurra. Llegué a la conclusión de que esto que nos sucede no es más que un síntoma de la civilización del espectáculo, como denominó Mario Vargas Llosa a  la sociedad occidental actual. Una época en que la natural propensión a pasarlo bien pasó a ser un valor supremo:  “un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal.” (La civilización del espectáculo, Ediciones Santillana, Montevideo, 2012)

 

Si todos buscamos en primer lugar huir de los problemas, entretenernos, es lógico que quienes nos enfrentamos al público busquemos cumplir esas expectativas. Al fin y al cabo, los hombres y mujeres buscamos la aprobación y el reconocimiento del otro, y eso es una de las pocas cosas que no ha cambiado a través de los siglos.

 

Vargas Llosa se refiere en su libro al deterioro de la cultura en una época en que la imagen y el sonido tienen predominio sobre la palabra,  y estamos llenos de información pero  escasos de conocimiento. Sostiene que  la gran diferencia entre lo que nuestros padres o abuelos entendían por cultura y el entretenimiento de hoy es que los productos de aquella “pretendían trascender el tiempo, durar, seguir vivos en generaciones futuras en tanto que los productos de éste son fabricados para ser consumidos al instante y desaparecer como bizcochos...” Antes la cultura era una guía que permitía a los seres humanos orientarse, establecer jerarquías y entender mejor la complejidad humana, mientras que hoy exonera de todo cuestionamiento. 

 

Perdimos el hábito del ejercicio intelectual profundo, que obligaba por ejemplo a releer una publicación varias veces para encontrar sus significados. Hoy queremos todo rápido, fácil y por supuesto, que haga reír. 

 

No es cuestión de desacreditar la sensación placentera que brinda la risa ni desconocer su importancia para la construcción de una personalidad sana. Frente a situaciones que podríamos tomarnos dramáticamente, si somos capaces de reaccionar con humor, salvaremos la situación, con mucho menor costo psíquico. Incluso algunos  budistas zen buscan la iluminación a través de una gran carcajada. 

 

Pero el llamado es a animarnos a salir del mero presente. El humor es presente. Porque una vez finalizado el espectáculo, pasó. Necesitamos también valorizar la profundidad: aquello que ayuda a entender, analizar, comprender, vincular. 

 

En definitiva, quiero decirl a los adustos, serios, introvertidos, tímidos, formales, intelectuales, reservados y solemnes, que en este mundo también se necesita gente como ustedes.

Por Raquel Oberlander

Mamá, Lic. en comunicación y Fundadora del blog.

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 Comentarios
  • Toni

    Febrero 04, 2014 07:28

    Una muy buena opción fue , realizar un pequeño curso de payaso y teatro , la verdad es que me resultó muy provechoso además de pasar unos ratos de risas y aprender a ser tu mismo , algunos miedos se fueron y también debo decir que aprendí a vivir con otro humor. Os dejo el enlace por si hay alguien que le interese pueda mirarselo www.topguay.com

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