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25 de Febrero de 2013

El femicidio

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La violencia doméstica es uno de los grandes problemas que vive nuestra sociedad actual. Pero la solución para disminuir el número de víctimas no solo depende de la eficacia de las leyes y el buen accionar de la policía. Es necesario que las mujeres sepamos diferenciar cuándo el amor nos hace bien y cuándo no. Laura Gutman describe y analiza a las mujeres que viven un amor violento en el siguiente artículo.


Obviamente el asesinato de mujeres es un crimen atroz y las mujeres merecemos que las leyes y el Estado nos protejan. Sin embargo, no son los instrumentos públicos los que van a lograr que las mujeres no seamos asesinadas por nuestras parejas, sino que somos las propias mujeres las únicas que podemos salir del circuito de amor violento. Sí. Sólo las mujeres. Pero ¿y si estamos sometidas? ¿Si no tenemos autonomía económica? Ni una cosa ni la otra son impedimentos para tomar la decisión de perder los beneficios que –también- otorga el amor violento. Para ello, será absolutamente necesario que comprendamos cuál ha sido el nivel de amor materno que hemos recibido. Sin lugar a dudas ha sido más carenciado de lo que recordamos y hemos sufrido desamparo y soledad hasta que devino en nuestra única y conocida manera de vivir. Para sobrevivir a tanto dolor, hemos usado algunos recursos como la agresión, la manipulación, las alianzas, el desprecio o la mentira hasta convertirnos en guerreras audaces. ¿Qué es lo que a cualquier guerrero le gusta sentir cuando va a la guerra? Vitalidad. Pasión. Fuerza. Adrenalina. Fuego. Deseo. Poder. Ese “gusto” pasional lo necesitamos como el aire que respiramos, en cambio la falta de vitalidad nos deprime y nos angustia. Con este entrenamiento de supervivencia, luego en cada relación de amistad, familiar o en cada vínculo amoroso, tenemos la sensación que sin pasión, pelea, sangre o fuego, no hay amor. Entonces para amarnos hacemos eso: nos peleamos a muerte, nos amenazamos, nos decimos cosas horribles para luego amarnos con locura, reconciliarnos y hacernos promesas lujuriosas. Entonces nos sentimos vivas. A mayor desesperación por sentirnos vivas y amadas, más desplazaremos los limites de la agresión. Cuánto más nos golpea o nos amenaza nuestra pareja, más pasión generamos –después- durante el arrepentimiento. Ese es el beneficio oculto. Esa es la parte que no estamos dispuestas a perder, porque en un punto, es esa pasión la que nos mantiene vivas. Son esas migajas de vitalidad las que nos nutren. Son las promesas desesperadas del varón las que nos hacen sentir reinas por un instante y nos alejan del vacío y las carencias del pasado. Aferradas a esa necesidad de ser más deseadas que cualquier otra mujer; un día, el hombre nos mata.

 La foto fue tomada de: http://www.inmagine.com

 

Por Laura Gutman

Terapeuta Familiar y Escritora.

Seguí en a @LauraGutman

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