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03 de Septiembre de 2012

¿Puede el docente ser pesimista?

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¿Cómo influyen el pesimismo y el optimismo en el alumno? ¿Y en el profesor? Esta es la visión del psicólogo Alejandro De Barbieri. 
 

"La educación y la medicina avanzan hacia la personalización y nos obligan a engendrar un nuevo modelo social. La prevención será más importante que la curación." 
Eduard Punset 


La enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse.
Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos...) que pueden ser y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias optimistas uno muy puede bien descreer en privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste la educación no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla... y para ejercerla. Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros. (Fernando Savater en El valor de educar)


Siempre se ha dicho que los primeros educadores son los padres. Pero en esta oportunidad quiero detenerme a reflexionar acerca de los docentes y su tarea. Eduard Punset, investigador español, sostiene que la educación y la medicina avanzan hacia la personalización. Nos invita a poner énfasis en la prevención. De aquí que la tarea del educador cobra más sentido en la actualidad y nos presenta nuevos desafíos. El síndrome del Burnout (o síndrome del «quemado») que educadores, docentes, psicólogos, entre otros trabajadores, experimentan hoy en día, tiene que ver con este desgaste al que están sometidos o expuestos diariamente, ya que el alumno hoy no llega «educado a clase». Antes, llegaba educado. La tarea del docente era instruirlo en su materia, pero el niño ya entraba al aula educado.


Recuerdo que cuando di ―en un liceo de Montevideo― el taller de "Cuidando a los que cuidan: prevención de burnout en docentes", levantó la mano un profesor y me dijo: «Alejandro, yo soy profesor de filosofía, yo sería feliz, si pudiera dar clase de filosofía». Este testimonio grafica muy bien la situación actual; el docente, antes de dar clase, tiene que educar a su alumno. Ejemplos: «Sáquese el gorro, siéntese derecho, no ponga los pies sobre el banco, pida permiso, no discuta con su compañero, etcétera, etcétera».

Esta es una de las causas del desgaste actual del docente: debe educar aparte de dar su materia. A esto se suma la multiplicidad de roles que este tiene: es docente, también es padre, o madre, profesional, y debe cumplir con todo eso. Por lo tanto esto contribuye a la pérdida del sentido de la tarea, el docente ya no llega libre, creativo y con ganas al aula, sino que llega desgastado por su propia vida personal y por la desmotivación que surge también del aula. A su vez, el docente se siente exigido a «ser divertido». Es lo que la cultura actual le impone al docente. ¿Cómo competir con un Iphone o con la «civilización del espectáculo» para que el alumno sostenga la atención? Imposible. Creo que debemos enfrentar el tema por otro lado; si basamos nuestro cimiento pedagógico en competir con aquello que nos entretiene, estaríamos errando el camino.
Los científicos, filósofos, pensadores, psicólogos y economistas están planteando que debemos ampliar nuestra comprensión del concepto de felicidad, un concepto basado en los vínculos, en un sentido de vida, en una alimentación sana, en un trabajo pleno, en tener tiempo para perder el tiempo, en el ejercicio físico, la actitud de agradecer, invertir dinero en «experiencias» y no en cosas, escuchar música, salir a bailar. No se puede bailar y estar triste al mismo tiempo. Estas premisas que proponen los investigadores nos enfrentan el desafío de integrarlos en nuestro plan de estudios y actividades diarias, sea en la escuela o en el trabajo.  Frente al boom de internet, de las redes sociales y de las pantallas, surgen investigaciones que por ejemplo, establecen una relación entre mirar televisión hasta altas horas de la noche o permanecer en la computadora y el aumento de las probabilidades de padecer una.

Conclusión: apague el televisor, vamos a ir a dormirnos como si fuéramos un bebé que está aprendiendo a dormir. Vamos a la cama con un libro, y luego nuestro psiquismo nos lo agradecerá, porque no solo estaremos protegidos contra la depresión, sino que estaremos leyendo. Cuán importante es dejar las pantallas y volver a leer. La mayoría de los alumnos actualmente, solo puede tolerar cinco minutos de un video de YouTube. Su psiquismo, difícilmente puede sostener una lectura de una hora, donde hay que imaginar los personajes y seguir una trama día a día. Los hijos de los ingenieros de Google, Apple, Yahoo, eBay, y varias otras empresas claves en el desarrollo de la informática e internet, llevan a sus hijos a una escuela donde en las clases no hay computadoras, usan lápices, papel y plasticina. No hay pantallas, no están permitidas en el salón de clase y sus maestros prefieren que no las usen en la casa.  Se educa a puro pizarrón, tiza, y el docente, claro. No se puede sustituir el vínculo pedagógico, persona a persona, por un instrumento, una herramienta, que debe quedar siempre en el lugar de herramienta. La sociedad de consumo lleva a los niños y sus padres a un estilo de vida de «todo ya». Esto confunde empacho con felicidad. La felicidad es un proceso de búsqueda que también incluye la frustración para llegar al final del camino.


Volviendo a nuestros docentes, retomo la segunda cita de esta nota. El filósofo español, Fernando Savater, nos confronta y nos alienta a basar nuestra tarea como docentes en un OPTIMISMO SÓLIDO. Si usted está pasando un momento pesimista, no entre al aula, tampoco a la sala de profesores. Tenemos que poder sostener nuestros dolores en nuestro mundo íntimo y privado. Usted puede ser pesimista en privado, dice Savater. Pero hemos perdido lo íntimo y lo privado, se ha desdibujado la esfera privada de manera que solemos decir todo lo que nos pasa al compañero de trabajo. Ese no es encuentro profundo, es una mera autoexpresión, sin un fin de comunicación que no ayuda a combatir el pesimismo ni permite entrar al aula con actitud optimista.

Cuando el docente trabaja sin sentido o no encuentra sentido a su tarea, está vulnerable al burnout. ¿Cómo nos damos cuenta de esto? Porque va a trabajar sin ganas, como obligado o como empujado, no es creativo, no se siente libre, por lo tanto tampoco es responsable, no puede ver nada valioso en sus alumnos ni en sus compañeros docentes y termina fatigado. El descanso de verano en las vacaciones tampoco lo restauran para arrancar otro año de manera más optimista. En cambio, cuando el docente se siente libre, es creativo, no vuelve a utilizar las mismas fotocopias de hace años, sino que inventa algo nuevo, se siente vivo en la relación pedagógica y puede contagiar vida a sus alumnos.

Este es el objetivo de la presente reflexión, tomar conciencia de que debemos ayudar a nuestros alumnos a recuperar el entusiasmo por la tarea y, para eso, es esencial profundizar en los docentes, que ellos mismos puedan recuperar ese entusiasmo para luego trasmitirlo. Esta actitud optimista no quiere decir ser divertido. El profesor puede ser aburrido, pero ser al mimo tiempo profundamente optimista en su creencia de que los alumnos pueden cambiar el mundo, que pueden perfeccionarse como personas, como dice Savater. Este es el gran desafío actual: restaurar al docente para que entre al aula con actitud optimista. Si su actitud al presentarse frente a los alumnos es pesimista, solo podrá domarlos, sin  llegar a educar. ¿Cuáles son las patologías que más han crecido en los centros educativos públicos y privados? La agresividad, el bullying, el cyberbullying, el déficit atencional, las dificultades para poner límites, dificultades para obedecer órdenes, etcétera. Todas relacionadas con la crisis de autoridad actual del padre y de la madre en cada casa y luego de los educadores. El niño ya no ve al padre ni a la madre ni al educador, como un «modelo a seguir». Todo es verborragia. Esta falta de la figura paterna (autoridad, jerarquía, límites) es la causa del desborde emocional de muchos niños hoy.

Para reordenarnos, es preciso volver a cada casa y ocupar el lugar de padres y no ceder. En segundo lugar, el docente deberá educar con optimismo; de lo contrario no hay educación y el niño queda víctima de sus pulsiones. De esta manera tendrá más probabilidades de asumir conductas agresivas. ¡Por favor, no domemos niños! ¡No somos domadores, somos educadores de personas que con libertad y responsabilidad deben tomar la vida en sus manos! Este es el gran desafío. De no ser así, seguiremos año tras año alarmándonos frente a las cifras de depresión y adicciones, pero sin cambiar culturalmente la sociedad para que estas cifras bajen, y para crecer en una sociedad más solidaria, menos «animal» y más «humana».

A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos. Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición, entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia. Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla.  (Eduardo Galeano en El libro de los abrazos)

Por último, este texto de Eduardo Galeano nos ilumina para integrar el sentido de la vida como una actitud de agradecimiento hacia nuestros padres y abuelos, para que luego nuestros hijos y alumnos sigan el camino. No se puede avanzar sin una postura firme en nuestras tradiciones, que son los «acervos de sentido» que nuestra comunidad familiar y educativa tiene y sobre las cuales se sostiene. Un centro educativo debe ser una «comunidad de vida», un lugar donde se den los pilares de la autoestima para poder lanzarse hacia un futuro pleno y óptimo de sentido. El sentido del presente incluye el pasado, desde donde nos paramos, para lanzarnos hacia el futuro. Los tres tiempos coexisten en uno, que es este, mi presente cotidiano que amenaza perderse si no rescato del pasado lo pleno de sentido para proyectarme a un futuro con esperanza. No se puede educar sin esperanza.

 

Por Psic. Alejandro De Barbieri

Psicólogo y logoterapeuta.

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